REDACCIÓN. — El fútbol es un deporte de contagio, de dinámicas invisibles que se activan cuando el tipo que lleva la cinta de capitán decide dar un paso al frente. Durante años, a Lionel Messi se le exigió un molde de liderazgo que no era el suyo; se le pedía la gesticulación airada, el grito en el túnel o la verborragia tribunera. Sin embargo, en la madurez absoluta de su carrera, el rosarino ha configurado el perfil de su liderazgo más integral y descarnado: un capitán que no solo marca el camino con la pelota pegada a la zurda, sino que ahora sostiene la estructura mental del grupo con la palabra justa en el vestuario.
El problema —y la gran paradoja que enfrenta la selección de Argentina en este tramo decisivo de la Copa del Mundo 2026— es que el fútbol es un juego colectivo. Messi ya puso las cartas sobre la mesa, ya trazó la ruta táctica y espiritual en los momentos de máxima zozobra, como ocurrió en el reciente y asfixiante triunfo 3-2 ante Cabo Verde. Ahora, con el boleto a los octavos de final en la mano, el guion cambia de manos: le toca al equipo responder.
El arte de liderar en el silencio y la madurez
El Messi de este Mundial es un futbolista que dosifica los esfuerzos físicos pero multiplica su peso específico en el plano psicológico. Su liderazgo se edifica sobre dos pilares muy claros:
La palabra que ordena: En un plantel que combina la vieja guardia con jóvenes que dan sus primeros pasos en la presión asfixiante de una Copa del Mundo, las intervenciones de Messi en el vestuario han dejado de ser meras arengas para convertirse en directrices tácticas y emocionales. Su voz es el ancla que evita el pánico cuando el rival rompe los esquemas previstos.
La pelota como refugio: Cuando las papas queman y las piernas del resto parecen pesar una tonelada, Messi pide el balón. No siempre para clavar la pelota en el ángulo, sino para congelar el partido, para forzar la falta que le da aire a la defensa o para limpiar una jugada que parecía destinada al fracaso.
El llamado de atención: La zaga y el mediocampo al banquillo de pruebas
La victoria ante la escuadra africana desnudó que Argentina no puede depender exclusivamente de los destellos de su capitán para apagar los incendios defensivos. Los octavos de final no perdonan las transiciones lentas ni las desatenciones en las pelotas paradas.
🇦🇷 La hora de los escuderos: Lionel Scaloni sabe que para avanzar en la fase de eliminación directa necesita que el bloque medio recupere la fiereza en la presión y que los laterales tengan el retroceso coordinado que los llevó a la gloria. Messi ya hizo la digestión del partido y marcó el rumbo; ahora el resto de las camisetas albicelestes deben asumir la responsabilidad de cargar con el peso del partido para que el '10' sea el factor diferencial y no el único bombero del equipo.
El margen de error se ha reducido a cero. El Messi líder ya hizo su parte en la fase de grupos, demostrando que su vigencia va mucho más allá de lo físico. Ahora la pelota está del lado de sus compañeros, quienes deberán demostrar que la estructura es lo suficientemente sólida como para cobijar y potenciar las últimas pinceladas del mejor del mundo en la fase más hostil del torneo.