CÚCUTA, COLOMBIA. — “Venezuela es tan bendecida que todo nos lo manda doble, un terremoto tras otro”, ironizó desde Carabobo la madre de un preso político con la calma que generan mil batallas perdidas. Su testimonio, recogido en la frontera, condensa el sentir de una población que, tras más de dos décadas de crisis estructural bajo el modelo chavista, ha aprendido a sobrevivir y a gestionar sus tragedias en absoluta soledad institucional.
La reciente cadena de sismos devastadores que sacudió al territorio venezolano no hizo más que desnudar, una vez más, la precarización de los servicios públicos, el colapso de la infraestructura hospitalaria y la desconfianza crónica de los ciudadanos hacia los organismos del Estado. Sin embargo, también puso de manifiesto el surgimiento de una sólida e inquebrantable red de resiliencia civil.
La orfandad institucional frente al desastre
Para los millones de venezolanos afectados, la respuesta ante la emergencia actual no ha dependido de la eficiencia de los ministerios o de planes de contingencia oficiales —virtualmente inexistentes tras años de desinversión y opacidad administrativa—, sino de la autogestión comunitaria. En los sectores más golpeados de la costa y el centro del país, fueron los propios vecinos quienes, armados con herramientas caseras y sus propias manos, iniciaron la remoción de escombros en las primeras horas críticas.
La desconfianza en el manejo de los recursos y la politización de la ayuda humanitaria han obligado a la sociedad civil, la Iglesia católica y las organizaciones no gubernamentales locales a coordinar de forma independiente los centros de acopio y las cadenas de distribución de alimentos y medicamentos, buscando evitar que el auxilio social sea condicionado por el carnet de afiliación política.
Solidaridad horizontal ante el dolor
A pesar de las severas restricciones impuestas por el Gobierno central para el acceso a las zonas de desastre, el tejido social venezolano ha demostrado una capacidad de organización que trasciende las fronteras:
Redes de diáspora activa: Desde ciudades colombianas como Cúcuta y Bogotá, así como desde otros puntos de la región, las comunidades de migrantes se han movilizado masivamente para canalizar remesas, insumos médicos y equipos de comunicación para sus familiares en las zonas cero.
El contraste de la emergencia: Mientras la cúpula gubernamental gestiona el desastre desde puestos de comando militarizados y utiliza la llegada de rescatistas internacionales como tribuna de legitimación diplomática, en las calles el panorama es de un sálvese quien pueda solidario. Familias enteras comparten el agua potable racionada y duermen a la intemperie por temor a las réplicas, bajo el amparo de la solidaridad vecinal.
La tragedia que hoy enluta a Venezuela no comenzó con el movimiento de las placas tectónicas; los sismos solo aceleraron el desplome de un país que llevaba años fracturado en sus cimientos. En esta hora difícil, la lección que los ciudadanos repiten con dolorosa lucidez en cada esquina es la misma que han practicado durante años de crisis política y económica: la certeza de que, al final del día, el pueblo venezolano solo cuenta con el pueblo venezolano para salvarse de la ruina.